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De retorno de La Paz

Dos viajes a La Paz para impartir sendos cursos de doctorado en tan sólo un mes es echarse demasiados kilómetros e incomodidades a la espalda. Si encima es para dar clases a 3600 metros de altura sobre el nivel del mar durante veinte horas a lo largo de un fin de semana la cosa tiene menos gracia aún. Pero como todo es relativo, ahora, sentado en un bar del aeropuerto de Santa Cruz mientras espero para subir al avión y me pregunto por qué en los países de América Latina los aeropuertos tiene wifi gratuito y en el primer mundo hay que pagarlo, mantengo una sonrisa en los labios.

Si hace apenas un mes llegué a La Paz, después de unos días en Quito, cansado y desganado y la ciudad y la altura me resultaron opresivas; en este viaje me he reconciliado con una ciudad que con cada visita me descubre nuevos secretos y de la que, no sé por qué, siempre hago el esfuerzo de no marcharme sin regalarme un momento de introspección en el que recapacitar sobre mi estancia. Me gusta sentarme solo a almorzar o cenar en algún lugar agradable y dedicarle un tiempo de reflexión y una copa de vino a los días vividos en ella; a los amigos que pude ver, a los que solo pude llamar y a los que ni eso; a las conversaciones mantenidas y a todo lo que pude aprender escuchando; a los nuevos amigos que voy haciendo y que se mantienen a pesar de la distancia y el tiempo; a lo diferente que es dar clases en estos países; a sonreír pensando en la dificultad de los bolivianos para dar una negativa por respuesta y las situaciones absurdas y surrealistas a las que eso puede dar lugar. En definitiva, a tratar de que mi paso por esta ciudad deje siempre alguna huella en mí.

Y si, además de todo ello, uno tiene la suerte de poder ver dos veces en un mes la luna llena sobre el Illimani es difícil no pensar en el retorno.

Un comentario a “De retorno de La Paz”

  1. Siempre le he leído en silencio, pero esta vez me ha sorprendido. Veo que disfruta con el viaje (o muy engañada me tiene). ¿Cómo lo presiento? Odio viajar y su artículo ha conseguido despertar la curiosidad sobre esa ciudad en mí. Así que: felicidades por estas pocas pero sugestivas líneas.

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Alberto Montero