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Notas archivadas en 'Economía'

Chantaje

En palabras del vicepresidente del Banco Santander, Alfredo Sáenz, “cualquier ataque o solución” dirigido “erróneamente” sobre el sector bancario, o lo que es lo mismo, si se impone algún tipo de impuesto a la banca, en la línea de lo que ha hecho, por ejemplo, hace unos días Alemania, se producirá un acceso al crédito “menor y más caro”.

O sea, dicho en román paladino, que como al gobierno se le ocurra imponer algún tipo de impuesto al sistema bancario y financiero, los bancos reaccionarán cortando aún más el grifo de un crédito que, en estos momentos y para el caso de muchas entidades, sólo pueden mantener gracias a que el gobierno ha dedicado durante esta crisis recursos equivalentes al 13% del PIB para evitar que quebraran. Recursos que se han pagado con nuestros impuestos, por si conviene recordárselo a Alfredo Sáenz.

No puede existir expresión más abierta y al mejor estilo gánsteril y cuasi mafioso del chantaje al que los bancos tienen sometidos a este gobierno y frente al que este gobierno no reacciona. Porque, al parecer, en Alemania o los banqueros no tienen narices de ponerse tan gallitos o igual creen que navegan en el mismo barco que el resto de la economía y no montados en una nave galáctica como se creen los nuestros.

Campeones en optimismo

Por muy tópico que pudiera parecer no encuentro otro argumento que el manido recurso al “Spain is different” para explicar por qué, según los últimos datos publicados del Índice de Confianza de Eurostat, Alemania y España son los países que mayor confianza otorgan al hecho de que la economía se recuperará en breve.

En el caso de los alemanes es más que comprensible: a pesar de la grave crisis económica, las expectativas de la Dieta Alemana de Cámaras de Industria y Comercio prevé que la media de desempleados en Alemania ascienda en 2010 a 3,2 millones de personas, es decir, 250 mil menos que en 2009 o, lo que es lo mismo, el nivel más bajo desde la reunificación alemana en 1992. Y ello gracias al impulso en la creación de empleo de las pequeñas y medianas empresas.

Pero, ¿y en el caso de España? ¿Alguien me lo puede explicar? Porque ya me diréis qué confianza puede haber en que la economía remonte el vuelo cuando seguimos duplicando la tasa de desempleo de la Unión Europea y casi triplicando la alemana.

Digo yo que, como poco, deberíamos ser el triple de pesimistas; a no ser que la pregunta se refiera a cómo se va a recuperar la economía de los demás mientras nosotros miramos con envidia y esperamos a ver si pillamos algo de rebote.

A vivir del aire

Si eres una de las 70.000 personas cuya edad se encuentra entre los 30 y los 45 años, has agotado tu prestación de desempleo, tus ingresos no superan el 75% del salario mínimo interprofesional y no tienes cargas familiares vete encomendando a quien puedas porque ni siquiera tendrás derecho a la ayuda de 426 euros que acaba de prorrogar el gobierno por otros seis meses.

En efecto, en absoluta consonancia con su retórica fervientemente socialista y defensora a ultranza de los derechos sociales y de la clase trabajadora, el ministro de Trabajo ha anunciado, sin que nadie sepa por qué, que esas 70.000 personas, simplemente por el hecho de tener entre 30 y 45 años, no tendrán derecho a la misérrima ayuda de 436 euros mensuales durante 6 meses.

La cuestión tiene sus bemoles. ¿Podría el ministro explicar qué diferencia la situación de una persona en la que confluyen todos esos requisitos pero que sólo tiene 28 años de una que tenga 32 o de una que tenga 43 años con respecto a una con 47? ¿Qué razón objetiva puede justificar una medida así? ¿Qué maravillosa capacidad se le reconoce a los hombres y mujeres de ese abanico de edad, de los 30 a los 45 años, para que se les excluya de esa ayuda? ¿Tal vez la de haber aprendido a vivir del aire? ¿O es que se supone que sus padres aún deben seguir vivos y, por tanto, pueden volver al hogar para pasar a vivir de las pensiones, por otro lado tan generosas, con las que malviven sus progenitores? ¿Es que porque no tienen cargas familiares ya no necesitan alimentarse, vestirse, pagar el alquiler o tomarse una cerveza? [Sigue leyendo →]

Las lecciones (no) aprendidas de las “subprime”

Como ando de economista de guardia, el pasado domingo sacaban en Público un artículo sobre lo que se había aprendido o no de la crisis de las subprime y para el que me consultaron. Como siempre, veinticinco minutos de conversación se sintetizaban en tres o cuatro frases pero creo que el artículo es interesante en sí mismo, así que aquí os lo dejo.

Pasto para parásitos

Acaba de aparecer un estudio que pone los pelos de punta sobre las consecuencias personales de la pobreza y sus implicaciones a gran escala para el desarrollo de un país. Sus autores (Eppig, Fincher y Thornhill) ponen de manifiesto que los cerebros de los niños que sufren infecciones o enfermedades parasitarias tienen problemas de desarrollo como consecuencia de que los parásitos absorben parte de la energía que sus cerebros necesitarían para desarrollarse

Así, el cerebro de un recién nacido necesita el 87% de la energía de los alimentos que ingiere para poder desarrollarse y funcionar adecuadamente; a los cinco años, utiliza el 44% de esa energía; a los diez años, el 34%; y ya de adulto usa el 25%. En la medida en que ese niño sufra enfermedades parasitarias, los parásitos absorberán parte de esa energía y, por tanto, impedirán el desarrollo adecuado del cerebro, siendo el efecto mayor cuanto menor sea el niño.

Los resultados por sí mismos no dejan de ser aterradores a poco que uno piense dos minutos sobre ellos, pero el estudio no se queda ahí y avanza sobre las consecuencias estructurales de este problema.

Así, los países donde el nivel de inteligencia es menor son, precisamente, aquéllos en los que la proporción de personas que padecen enfermedades infecciosas es mayor y, viceversa, los países en los que las infecciones son menos frecuentes presentan unos niveles de inteligencia mayores. De hecho, según el estudio, la incidencia de las infecciones sobre el nivel de inteligencia es mayor que la de otros factores como pueden ser una alimentación sana, la riqueza, la educación o el clima.

La razón, según los autores, es clara: una sociedad formada por individuos más inteligentes no sólo es probable que generen una mayor cantidad de producto, sino que también mostrará unos niveles de sensibilidad mayor de cara a crear un sistema de educación y salud pública, lo que supone el acceso generalizado a información sobre prevención e higiene, aspectos fundamentales para evitar este tipo de enfermedades.

Como fácilmente podréis imaginar, estas conclusiones apuntalan la dimensión de círculo vicioso que tiene la pobreza y el subdesarrollo: en los países subdesarrollados se generan, por sí mismas, las condiciones estructurales que les impiden salir de la pobreza y, en la medida en que no se alteren las condiciones objetivas que dan sustrato a esa pobreza, difícilmente podrán salir de ella. Si esperamos a que sea el mercado el que venga a quebrar esta dinámica vamos listos: millones de niños seguirán condenados cada año a ser mero pasto para parásitos.

¿No quieres caldo? ¡Toma dos tazas!

Francia y Alemania, a la cabeza del fundamentalismo ortodoxo con el que pretenden prolongar la crisis a base de ajustes fiscales, acaban de proponer endurecer las sanciones para aquellos países que violen el Plan de Estabilidad y Crecimiento.

La noticia no sé si me da risa, miedo o ambas cosas a la vez.

Me da risa porque, precisamente, ambos países carecen de la legitimidad necesaria como para reclamar esa medida. Más allá de ser fundadores de la Unión Europea y las dos principales economías de la Eurozona son, también, dos países que se saltaron a la torera las sanciones del actual Pacto de Estabilidad cuando fueron ellas las que incurrieron en déficit excesivos. ¿Ahora vienen a pedir para los demás lo que no querían para ellos mismos?

Basta con recordar -¡malditas hemerotecas!-, lo que Schröder y Chirac decían en 2003, después de tres años consecutivos de incumplimiento del Pacto por ambos países. Decía por aquél entonces el canciller alemán: “Algunos erróneamente ven que el espíritu del pacto es asegurar sólo la estabilidad, pero es también un pacto para el crecimiento. No debemos abandonar el objetivo de la consolidación presupuestaria, pero el objetivo del crecimiento es tan importante como el otro y a veces se le debe dar mayor prioridad. Esa es la situación en la que nos encontramos ahora”. Es más, continuaban afirmando que, “somos unánimes en el rechazo de cualquier dogmatismo en cualquiera de los dos objetivos y creemos que, en la actual fase de la evolución económica, el énfasis sobre el crecimiento debería ser mayor, sin incluir la consolidación presupuestaria”. 

Ese era el espíritu del Pacto entonces, cuando los que estaban en recesión y agobiados tratando de estimular la economía eran ellos; ahora, como nadamos en la abundancia y pareciera que estamos en época de vacas gordas, pues debe primar el espíritu de la consolidación presupuestaria para todos. ¡Manda narices!

Y me da miedo porque la propuesta pone de manifiesto que la crisis se está enfrentando por la vía de profundizar en algunos de los elementos distorsionadores presentes en el diseño de la Unión Monetaria Europea en lugar de por la vía de su reforma y el avance hacia unos verdaderos Estados Unidos de Europa. Si no se apuesta por avanzar hacia una hacienda pública comunitaria y se sigue insistiendo en reformar la institucionalidad económica existente no sólo nuevas crisis aparecerán en el futuro sino que el papel de Europa en un contexto multipolar como el que se está configurando será de mera comparsa, es decir, no muy alejado del actual

Así que creo que la risa que tengo debe ser nerviosa.

La ministra de Economía se apunta al rojerío

Elena Salgado dice que ganar el Mundial será bueno para la economía española porque, según ella, “ganar un mundial es una prueba de que cuando nos proponemos algo, lo conseguimos, y que además nos crecemos ante las dificultades. Todo eso es bueno, da confianza en nuestro país, dentro y fuera, y eso también será bueno para el PIB”. ¡Toma ya análisis sesudo de la ministra de Economía del país cuya tasa de desempleo duplica a la de la media comunitaria!

Menos mal que no lo perdimos porque, si no, hoy mismo el resto del mundo se habría dado cuenta de que estamos en crisis, la Bolsa se habría hundido, el riesgo país se habría disparado hasta la estratosfera, el paro habría llegado a los cinco millones de desempleados e, igual, hasta el gobierno hubiera tenido que dimitir en bloque.

Además, ya puestos a ver lo bueno, también deberíamos haber valorado las posibilidades de haber perdido y, por si acaso, y dado que el futuro del país estaba en sus botas, tendríamos que haberles subido un poquito más la prima a los futbolistas. ¿Qué son 600.000 euros por defender no sólo los colores de tu país sino también por salvarlo de la hecatombe económica?

Pero lo que me parece más grave es que la ministra peca de un cinismo que se podía ahorrar cuando se atreve a plantear que el principal problema que subyace tras esta crisis es de confianza, es decir, de condiciones subjetivas ignorando que difícilmente puede ser de otra manera. Tratamos de convertir la economía en una cuestión de psicología barata olvidando lo básico: que las condiciones subjetivas cambiarán cuando, realmente, cambien a mejor las condiciones objetivas.

Y, si tiene dudas al respecto, que se siente con alguno de los más de cuatro millones de desempleados a los que seguro que les hace muy poquita gracia oír que el origen de su problema es que son unos desconfiados, que esto se arregla a base de ganar mundiales y que, tranquilos, que dentro de nada encontrarán empleo porque una victoria en el Tour de Francia está a la vuelta de la esquina.

Los corruptos son los otros

Haciendo gala de esa incoherencia entre el discurso y la acción que caracteriza la gestión de este gobierno, ayer conocíamos que a pesar del anuncio realizado por la directora general del Tesoro tras la cumbre del G-20 celebrada en Londres de que en España se iba a redactar una ley para combatir el blanqueo de capitales que superaba con mucho las directrices europeas, finalmente ésta no va a ser tan dura como se publicitó en aquel momento de euforia reformista del capitalismo.

Así, en un primer borrador, el gobierno planteó la necesidad de que las cuentas de los políticos españoles y sus familiares y allegados fueran objeto de una especial vigilancia.

Los motivos para justificar esa medida no creo que estén fuera del entendimiento y la intuición de cualquier ciudadano. Es más, si damos por buenos los informes que realiza Transparencia Internacional, entre 2004 y 2009 España ha caído 6 puestos en el índice que elabora esa institución hasta situarse en el lugar 28 de un total de 180 países, compartiendo el  honor con Qatar. Es decir, durante los años del boom inmobiliario el índice de corrupción de nuestro país ha empeorado de forma significativa.

Creo que a nadie se le escapa las relaciones de causalidad directa entre el boom inmobiliario, la implicación de numerosas autoridades municipales en la expansión de la corrupción vinculada a ese negocio, el empeoramiento del índice de Transparencia Internacional y el aumento del número de casos de esa naturaleza en los juzgados.

En consecuencia, no sería ningún disparate plantear que la propuesta de que las cuentas de los responsables políticos y su entorno estuvieran sujetas a una especial vigilancia como medida preventiva no resulta especialmente desatinada y, al menos, introduce un elemento disuasorio adicional tendente a favorecer, de alguna forma, el autocontrol.

Pues bien, nuestro gobierno, con el apoyo del resto de partidos políticos excepto IU-ECV (¡mira por dónde que para esto si se ponen de acuerdo casi todos!), han decidido que las únicas personas con responsabilidad pública que deben estar sometidas a ese régimen de vigilancia preventiva especial son “aquellas personas físicas que desempeñen o hayan desempeñado funciones públicas importantes en otros Estados miembros de la Unión Europea o en terceros países”. O, lo que viene a ser lo mismo: ¿a quién se le ocurre pensar que un político español pueda ser corrupto? ¡Vade retro! Los corruptos son los otros, que diría el equivalente hispano de Sartre, y es a ellos a quienes hay que vigilar. Los nuestros, simplemente por el hecho de serlo, están inmunizados frente a ese virus.

Sin embargo, aunque yo no tenga la menor duda de que la mayor parte de nuestros políticos son personas honradas que viven de su trabajo, ya sea en la política o en otros ámbitos, también creo que la expansión generalizada de la corrupción durante estos últimos años hubiera podido atemperarse estableciendo mecanismos de supervisión y regulación mayores y mejores que impusieran la transparencia como principio ineludible al que debe someterse cualquier cargo electo.

Las razones me parecen obvias: si desgraciadamente hemos dejado atrás una concepción de la política basada en comportamientos éticos intachables; si el virus de la avaricia del que se nutre el capitalismo ha calado tan hondo entre la población que ha anulado valores tan socialmente importantes como el del honor, la dignidad o el respeto por lo público, los ciudadanos nos vemos obligados a protegernos articulando mecanismos de supervisión frente a esa enfermedad. No nos queda otra.

Insisto, no se trata de cuestionar la honorabilidad de la mayor parte de nuestra clase política. No, no es eso ni yo la pongo en duda en términos globales. Se trata de asumir que dónde antes existían valores que refrenaban comportamientos moral y éticamente reprobables, ahora nos encontramos con un sistema económico que favorece la apropiación privada y particular, incluyendo también la ilícita, de la cosa pública. Y la favorece porque, entre otras cosas, minusvalora la importancia de ésta, cuestionando la gestión que de la misma se hace desde la política y fomentando, en consecuencia, su privatización. Una tendencia que encuentra su expresión más exagerada y extrema en la corrupción.

Y si, además, también pensamos que la ideología neoliberal dominante concibe al ciudadano como un ser racional, maximizador, egoísta y avaricioso; si se ha producido una mutación antropológica que está deteriorando aceleradamente los patrones de comportamiento sociales basados en la ética , entonces nos encontramos con un margen prácticamente nulo para pensar que la autorregulación de la política basada en valores de esa naturaleza puede constituir un freno suficiente para evitar la corrupción.

Aceptando matizadamente que ese es el estado de cosas actual, creo que es legítimo e, incluso, necesario que reclamemos de todos aquellos que se dedican a la política -en tanto que actividad vinculada al cuidado y preservación de la cosa pública, la de todos-, un plus de transparencia que en nada debiera resultar ofensivo para quienes deciden emplear parte de su vida en la misma. Y a quien no le guste, ya sabe dónde está la puerta y el tajo.

¡Es la deuda privada, estúpido!

Hoy publico en Público un artículo sobre una cuestión que creo que no se está exponiendo en los términos adecuados. Todo el mundo habla de que nos encontramos ante una crisis de deuda soberana y, aunque no niego que la deuda soberana se ha convertido en un problema importante (originado, no lo olvidemos, por los planes de rescate del sistema financiero), lo que sí que se hace es una lectura interesada que sitúa el centro de atención en ésta y obvia que lo que de verdad temen los mercados financieros es la posición de solvencia de las empresas españolas y su capacidad de atenderla.

Podéis leerlo aquí.

En solidaridad con los trabajadores del Metro de Madrid

Mientras los medios de comunicación tratan de hacer lo posible por enfrentar a los trabajadores del Metro de Madrid con los usuarios de ese servicio y por mostrar la huelga como una respuesta desmesurada por parte de los trabajadores, yo veo una luz al final del túnel.

Después de tanta desidia colectiva parece que por fin surge un cierto grado de inconformismo social que no sólo se extiende al ejercicio del derecho a la huelga frente a una interpretación extensa de lo que debe considerarse un empleado público y los recortes salariales que les corresponden, sino que también se niega a aceptar que la regulación de los servicios mínimos pueda constituir el mecanismo administrativo que permita la desactivación de la reivindicación laboral.

Las huelgas no son salvajes y, si lo son, será porque están a la altura del salvajismo que nos circunda. Ni más, ni menos.

Afortunadamente, este primer “brote verde” no lo están sembrando sólo los trabajadores del Metro. También se ha articulado una plataforma de usuarios solidarios que entiende que lo que está ocurriendo en este país necesita, sobre todo, del renacimiento de la conciencia de clase.

Aquí podéis encontrar su decálogo.

Alberto Montero