¡Bolivia ya tiene nueva Constitución Política del Estado! Pero claro, como Bolivia es Bolivia, lo que en cualquier país del mundo sería un éxito absoluto, que aquélla se aprobara por más del 60% de la población, allí abre las puertas al pataleo, la negación, el rechazo y la confrontación.
O mucho me equivoco o esto no ha terminado aquí.
Después de uno de los procesos constituyentes más largos y complejos de la historia del constitucionalismo, hoy en Bolivia, y por fin, se somete a referendo la Nueva Constitución Política del Estado.
Dada mi implicación y compromiso personal y profesional con ese proceso, y a pesar de que el texto que se va a votar ha perdido algunos de los elementos que lo hacían una de las constituciones más avanzadas y progresistas del mundo, es evidente que sólo puedo esperar que sea aprobada y que, a partir de ese momento, la oposición entienda que Bolivia es viable como país y que en ese texto constitucional se encuentra una de las formas de conseguirlo.
Una forma que, además, tiene la ventaja de ser inclusiva y que contribuye a visibilizar, reconocer y empoderar a las comunidades indígenas y campesinas, las grandes olvidadas, las grandes explotadas, de la historia boliviana para las que al fin puede haber llegado su momento.
Ojalá que así sea.
(La fotografía es mía en la Isla del Sol. No conozco su nombre pero con esos ojos sólo puede ser la reina de la Isla, el lugar en donde nació la cultura inca según cuenta la leyenda de Manco Capac y Mama Ocllo que llegó hasta nosotros gracias a la pluma del Inca Garcilaso. De ella es el futuro).
De retorno de Bolivia y tras unos días de descanso para recuperar las horas de sueño perdidas y los desequilibrios del horario trastornado he encontrado ánimo y tiempo para responder, en la medida de mis posibilidades, a una pregunta que Carmen me hacía en un comentario al hilo de la anotación anterior y que borré inadvertidamente cuando estaba suprimiendo mensajes de Spam que entran día sí y día también.
Me preguntaba Carmen, creo recordar, acerca de mi percepción sobre si el referendo había “resuelto” algo o nada la situación política que vive Bolivia.
Aquí podéis encontrar, tanto ella como todos, mi respuesta.
Si algo he aprendido en mis viajes por América Latina es la importancia que en casi todos esos países tiene el verbo “resolver” y lo bien o mal que seas capaz de conjugarlo.
Esa expresión en Suiza, por ejemplo, carece del sentido que le dan los latinoamericanos. Allí todo funciona como un reloj y, en consecuencia, está resuelto de antemano: los trenes llegan a su hora, las huelgas se convocan previo trámite administrativo, el gobierno las autoriza con tiempo para que los ciudadanos puedan reorganizar su vida, las reservas de los hoteles se hacen para que cuando uno llegue pueda disponer de habitación y hasta los autobuses tienen un límite máximo de pasajeros que pueden viajar en ellos.
Habrá quienes consideren que ese grado de previsibilidad es de un aburrido insoportable y habrá quienes piensen que es un avance de la civilización semejante al descubrimiento del fuego. Ya se sabe que hay gustos para todo. En cualquier caso, creo que hay términos medios que permiten que ni la vida sea tan aburrida ni que se tenga que convertir en una aventura permanente.
¿Que a qué viene todo esto? Pues viene a que el domingo pasado tenía todo perfectamente programado para viajar a Uyuni y perderme tres días del mundo conociendo su Salar (el lugar donde, según dicen, se concentra la mayor energía cósmica del planeta, que no digo que no, pero también se concentra mucha sal y no hay que ser muy místico para darse cuenta) y las lagunas de los desiertos de la Reserva Eduardo Avaroa (en donde, como habréis imaginado, lo que se concentra es agua rodeada de mucha arena y piedra). [Sigue leyendo →]
Lamento no haber tenido tiempo para avisar de que estos días iba a tener este cuaderno un poco más descuidado.
La razón, como anticipa el título de esta entrada, es que me encontraba viajando hacia Bolivia, en donde ya estoy, después de alguna peripecia en el camino propia de estos viajes plagados de escalas y que más vale olvidar. Como decía alguien que ahora no recuerdo quién era: lo malo de viajar es, precisamente, viajar.
Hace poco más de un año, por estas mismas fechas, el camino había sido el inverso, de retorno a España desde Bolivia. Los meses que viví aquí fueron un tiempo tan intenso como extraño, marcado por las altas dosis de magia que impregnan el mundo andino y sobre el que me he descubierto muchas noches pensando desde entonces para tratar de comprender, sin éxito, algo de ella. Una magia muy distinta a la caribeña, mucho más profunda, ancestral y hasta temible.
Como siempre, y pensándolo ahora, la vida aquí dio para mucho: para agotadoras sesiones de trabajo que se prolongaban hasta la madrugada en conversaciones cuajadas de risas y mojitos que, afortunadamente, acababan por destensar las mandíbulas y los nervios antes de irnos a dormir; para varios viajes por el país y alguna escapada a Perú; para descubrir el drama cotidiano de quienes carecen de todo y día a día tienen que proveerse de lo básico; para maravillarme cada noche con los cielos y la luna del Sur y cada día con la luz limpia y cristalina de Sucre.
Y también, como siempre, dio tiempo para hacer amigos algunos de los cuales son ya parte de mi geografía afectiva más querida y que se encuentra repartida, mucha de ella, por la extensa geografía latinoamericana.
Estos retornos carecerían de sentido si no estuvieran marcados por la alegría de los reencuentros con quienes te demostraron cariño cuando hubo momentos malos (que siempre los hay); con quienes compartí alegrías, tristezas, ansiedades, nostalgias, risas o llantos; a quienes uno se siente unido en sus convicciones más profundas y en sus luchas más cotidianas.
La excusa son las clases en el Doctorado, aliñadas con alguna conferencia y engordadas con otros compromisos públicos con los que esos mismos amigos te van rellenando la agenda conforme te vas acercando. Compromisos a los que uno no puede negarse en estos tiempos difíciles que les están tocando vivir; que nos están tocando vivir.
Este cuaderno será en estos días, quizás, un poco más personal o quizás no. Quién sabe. El cuerpo me irá dictando los ritmos y los contenidos con los que lo nutra. Vamos, que ahora que lo pienso, tampoco va a cambiar mucho la cosa.
(La foto es mía: un heladero con su hermanita en el mercado campesino de Cliza).
Como, evidentemente, los medios de comunicación no se van a hacer eco de esta carta amparándose, por supuesto, en el derecho a la libertad de empresa y porque creo que tiene interés todo lo que en ella se dice, os copio la carta abierta que el presidente de Bolivia, Evo Morales, ha dirigido a la Unión Europea con motivo de la previsible aprobación de la directiva de la vergüenza (también llamada del retorno de migrantes).
Espero que os interese. [Sigue leyendo →]
Aquí podréis encontrar una entrevista que me hicieron recientemente sobre la situación en Bolivia y que publican en la Revista Fusión. Una situación que, por otra parte, cada vez es más preocupante.
Hoy publico un artículo en Rebelión sobre el apoyo que Evo Morales sigue manteniendo entre el pueblo boliviano y que, básicamente, se resume en el mensaje de esta pintada que fotografié el año pasado en una esquina de la siempre concurrida Plaza 14 de septiembre de Cochabamba. 
Hace unos días quienes seguimos la realidad boliviana, sea por el motivo que sea, leíamos las denuncias sobre la situación de esclavitud y servidumbre en la que viven muchas comunidades guaraníes del oriente boliviano.
Hoy, con este breve documental titulado “Quiero ser libre”, podemos ser testigos indirectos de esa experiencia y escuchar su voz. La voz de los “nadies”, en la expresión con que Galeano se refería y describía a todos los parias y explotados de la tierra y entre los que se encuentran, qué duda cabe, estos guaraníes.
Os dejo con el texto de Galeano, perfecta introducción para el documental sobre las condiciones de vida –o, mejor, de no vida- de los guaraníes.
“Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.
Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata”.