Comienza el verano y los periódicos empiezan a llenarse de frivolidades. Pareciera como si el mundo entrara en una especie de hibernación estival –perdón por el oxímoron- y nada de lo que ocurre en estas fechas mereciera ni la cobertura ni el análisis que se les concedería si no acontecieran en verano. El periódico se convierte en estas fechas en el mejor aliado para encender las barbacoas y son raras las perlas que podemos encontrar en su interior que nos llamen a la reflexión durante unos minutos de nuestro tiempo de asueto.
Leyendo este fin de semana Público me he encontrado con una de ellas altamente recomendable: la entrevista que Amador Fernández Savater realiza al filósofo marxista Etienne Balibar.
Aunque recomiendo leerla completa, en ella se plantean reflexiones tan interesantes acerca de los márgenes de la política, como la siguiente:
“Hay una correlación fundamental, a largo plazo, entre la manera en que se distribuyen las desigualdades sociales entre los “territorios” nacionales o en el interior de esos territorios, y las políticas puestas en marcha para incrementar su competitividad desde el punto de vista de la atracción de los capitales internacionales (por la presión sobre los niveles de los salarios o por la bajada de las retenciones fiscales que amenazan inevitablemente las políticas y las protecciones sociales). En esta perspectiva, los Estados podrían recuperar una parte al menos de su capacidad para determinar políticamente las condiciones económicas de la política: por ejemplo, optando por la defensa de un modelo de seguridad social. Pero este margen no tiene lugar más que entre límites muy estrechos: por un lado, el que proviene de que, en la economía globalizada, un modelo de desarrollo económico y social sostenido por el Estado no puede ser escogido a voluntad, por una pura decisión independiente de lo que hacen los otros; y el otro límite proviene de que las “elecciones” políticas en materia de desigualdades sociales (y en el límite de exclusión o inclusión de poblaciones enteras) son más o menos soportados pacientemente por los ciudadanos, es decir que se encuentran expuestas a los que antes se llamaba la lucha de clases”.
O la siguiente acerca de la naturaleza de la “Unión” Europea:
“Bajo pretexto de una armonización relativa de las instituciones y de una garantía de ciertos derechos fundamentales, la construcción europea ha favorecido la divergencia entre las economías nacionales que teóricamente debía unir en el seno de una zona de prosperidad compartida: unas dominan a las otras, ya sea en términos de porciones de mercado o de concentración bancaria, ya sea porque unas transforman a otras en sub-contratistas. Más que un mecanismo de solidaridad y de defensa colectiva de sus poblaciones, Europa es hoy un marco jurídico para intensificar la competencia entre sus miembros y ciudadanos”.
Y preguntado por las posibilidades de reinventar un proyecto emancipatorio de izquierda, su respuesta no puede ser más desazonadora al tiempo que el reto que plantea no puede ser menos tentador:
“Las cosas son menos simples y más inciertas de lo que quisieran los esquemas binarios, profundamente anclados en el imaginario de izquierdas. Es extremadamente dudoso que las fuerzas o los campos en las que se libra hoy la batalla política puedan ser definidos como “clases”, o incluso como antítesis entre un imperium capitalista y una “multitud” (o una masa popular) que sería su víctima y que, por ello, no espera más que una propuesta ideológica o un programa de organización para revolverse y abatir la potencia del dinero. Porque la multitud o la masa está implicada en el funcionamiento del capitalismo financiero desde el punto de vista de sus actividades (su empleo precario o estable, sus condiciones de trabajo…), de sus intereses materiales y de su supervivencia. Nada más falso que presentar un capitalismo financiero como un capitalismo parásito o “rentista”. Lo que la crisis de las subprimes ha puesto en evidencia es justo el hecho de que las condiciones de vida más elementales -en primer lugar, la vivienda- de toda la población, sobre todo la más pobre, depende inmediatamente de la generalización de las facilidades de crédito y de su capitalización por los bancos. No hay exterioridad alguna entre los intereses del capital y los de la población”.
Interesante, ¿verdad?
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