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Notas archivadas en 'Personal'

De vuelta de vacaciones

Se acabó el viaje por Jordania y, con él, las breves vacaciones. Como en todo viaje ha habido de todo y, como de todo viaje, siempre me gusta extraer algunos momentos que lo sinteticen en mi memoria y que hagan perdurar las sensaciones experimentadas más allá de su retorno y cuanto más tiempo mejor.

En este caso probablemente me quedaría con tres aunque haya habido más: el primero, el más impactante, atravesar de noche el cañón del Siq, alumbrado por velas a ambos lados del camino, hasta llegar ante la impresionante fachada del Jazneh, el Tesoro nabateo de Petra, y escuchar allí, sentado sobre la arena, la música de los beduinos y el silencio de una noche oscura.

El segundo, las puestas de sol de cada día. Ya fuera en el desierto, en el Mar Muerto o en cualquier recodo del camino, el sol se acuesta como un círculo rojo. Imposible distraer la mirada del ocaso y no tomar conciencia de que un nuevo día pasó: uno más o uno menos, según el estado de ánimo.

Y el tercero, el sonido de la llamada a la oración de mediodía de los muecines en el valle de Ajlun rodeado de olivos y desde una torre en la que, tan sólo con girar levemente la cabeza, eras convocado hacia un lugar diferente pero hacia un mismo dios. En ese momento no fue muy difícil imaginar cómo tuvo que ser Andalucía durante el periodo musulmán.

En fin, que se acabó lo que se daba y vuelvo al tajo. Hola a todos.

(La foto es mía: es la puesta de sol desde una duna de arena roja en el desierto de Wadi Rum).

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Cerrado por vacaciones

Esta vez, aunque no con mucho margen, me da tiempo para avisar a amigos y navegantes que pudieran buscarme durante los próximos días: este cuaderno permanecerá cerrado durante diez días. Los mismos que dedicaré a visitar Jordania.

Feliz fin de verano a todos.

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“Teoría del Sur”, por Luis García Montero

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Este pasado domingo, sentado frente al mar en las playas de Zahara de los Atunes, leía un delicioso artículo de Luis García Montero, probablemente mi poeta favorito, sobre la forma de vivir y entender la vida en el Sur .

Me gustó al completo pero quizás destacaría este magnífico párrafo y la carga de razón que contiene:

“Vivir con prisa es una peligrosa costumbre, porque nos hace dogmáticos al mismo tiempo que nos impide ser dueños de nuestras opiniones. El dogmatismo es la prisa de las ideas, el acomodo a discursos establecidos por encima de nuestra conciencia, el sacrificio de la responsabilidad propia en el altar de una verdad nacionalista, religiosa, partidista o mediática. Quien vive con prisa dice lo primero que se le ocurre, lo que corre al lado de él. Así que anda de cabeza y piensa con los pies. Si tuviéramos tiempo de pensar dos veces lo que decimos y, sobre todo, lo que nos dicen, otro gallo cantaría en el mundo. Sin caer en la caricatura de la pereza, por supuesto, conviene reivindicar la lentitud del Sur como un ámbito de responsabilidad propia, el único ámbito que permite los paseos largos y las buenas decisiones. En el Sur no deben tener prisa ni los pensamientos, ni los coches, ni los desnudos. La sensualidad y la belleza requieren su tiempo”.

Por si después de este aperitivo os apetece leerlo completo, podéis encontrarlo aquí.

“Resolviendo” para llegar a Uyuni

Si algo he aprendido en mis viajes por América Latina es la importancia que en casi todos esos países tiene el verbo “resolver” y lo bien o mal que seas capaz de conjugarlo.

Esa expresión en Suiza, por ejemplo, carece del sentido que le dan los latinoamericanos. Allí todo funciona como un reloj y, en consecuencia, está resuelto de antemano: los trenes llegan a su hora, las huelgas se convocan previo trámite administrativo, el gobierno las autoriza con tiempo para que los ciudadanos puedan reorganizar su vida, las reservas de los hoteles se hacen para que cuando uno llegue pueda disponer de habitación y hasta los autobuses tienen un límite máximo de pasajeros que pueden viajar en ellos.

Habrá quienes consideren que ese grado de previsibilidad es de un aburrido insoportable y habrá quienes piensen que es un avance de la civilización semejante al descubrimiento del fuego. Ya se sabe que hay gustos para todo. En cualquier caso, creo que hay términos medios que permiten que ni la vida sea tan aburrida ni que se tenga que convertir en una aventura permanente.

¿Que a qué viene todo esto? Pues viene a que el domingo pasado tenía todo perfectamente programado para viajar a Uyuni y perderme tres días del mundo conociendo su Salar (el lugar donde, según dicen, se concentra la mayor energía cósmica del planeta, que no digo que no, pero también se concentra mucha sal y no hay que ser muy místico para darse cuenta) y las lagunas de los desiertos de la Reserva Eduardo Avaroa (en donde, como habréis imaginado, lo que se concentra es agua rodeada de mucha arena y piedra). [Sigue leyendo →]

Noche de Bohemia

Siento la ausencia pero es que llevo unos días que para mí se quedan. Me paso el día corriendo de un lado a otro haciendo mil cosas aunque, como no podía ser de otra manera, también he buscado los momentos para ver a los amigos, casi siempre aprovechando los almuerzos y las cenas, y charlar sobre el momento tan complejo que vive Bolivia.

Es más, incluso ha habido ocasión para uno de esos encuentros que a mí me parecen mágicos y que, como no quiero olvidar, anoto en este cuaderno: algunos amigos reunidos en torno a unas botellas de ron en el lobby de un hotel, una luz tenue, un magnífico pianista cubano y la voz profunda de Andy Montañez cantando boleros, entre risas y suspiros, mientras fuera una fría lluvia lavaba la madrugada de La Paz.

“Noche de Bohemia” le llaman los cubanos.

 

De vuelta a Bolivia

Lamento no haber tenido tiempo para avisar de que estos días iba a tener este cuaderno un poco más descuidado.

La razón, como anticipa el título de esta entrada, es que me encontraba viajando hacia Bolivia, en donde ya estoy, después de alguna peripecia en el camino propia de estos viajes plagados de escalas y que más vale olvidar. Como decía alguien que ahora no recuerdo quién era: lo malo de viajar es, precisamente, viajar.

Hace poco más de un año, por estas mismas fechas, el camino había sido el inverso, de retorno a España desde Bolivia. Los meses que viví aquí fueron un tiempo tan intenso como extraño, marcado por las altas dosis de magia que impregnan el mundo andino y sobre el que me he descubierto muchas noches pensando desde entonces para tratar de comprender, sin éxito, algo de ella. Una magia muy distinta a la caribeña, mucho más profunda, ancestral y hasta temible.

Como siempre, y pensándolo ahora, la vida aquí dio para mucho: para agotadoras sesiones de trabajo que se prolongaban hasta la madrugada en conversaciones cuajadas de risas y mojitos que, afortunadamente, acababan por destensar las mandíbulas y los nervios antes de irnos a dormir; para varios viajes por el país y alguna escapada a Perú; para descubrir el drama cotidiano de quienes carecen de todo y día a día tienen que proveerse de lo básico; para maravillarme cada noche con los cielos y la luna del Sur y cada día con la luz limpia y cristalina de Sucre.

Y también, como siempre, dio tiempo para hacer amigos algunos de los cuales son ya parte de mi geografía afectiva más querida y que se encuentra repartida, mucha de ella, por la extensa geografía latinoamericana.

Estos retornos carecerían de sentido si no estuvieran marcados por la alegría de los reencuentros con quienes te demostraron cariño cuando hubo momentos malos (que siempre los hay); con quienes compartí alegrías, tristezas, ansiedades, nostalgias, risas o llantos; a quienes uno se siente unido en sus convicciones más profundas y en sus luchas más cotidianas.

La excusa son las clases en el Doctorado, aliñadas con alguna conferencia y engordadas con otros compromisos públicos con los que esos mismos amigos te van rellenando la agenda conforme te vas acercando. Compromisos a los que uno no puede negarse en estos tiempos difíciles que les están tocando vivir; que nos están tocando vivir.

Este cuaderno será en estos días, quizás, un poco más personal o quizás no. Quién sabe. El cuerpo me irá dictando los ritmos y los contenidos con los que lo nutra. Vamos, que ahora que lo pienso, tampoco va a cambiar mucho la cosa.

(La foto es mía: un heladero con su hermanita en el mercado campesino de Cliza).

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Alberto Montero